miércoles, 20 de julio de 2016

Siguiendo el compás


Maridaje musical: "One step beyond" (Madness) enlace youtube




Jamás la vi bailar y eso que siempre estaba dispuesta para ello. No había discoteca que no conociese; garito con música en directo que no le fuese familiar ni guateque al que faltase. En verano hacíamos gira por todos los pueblos al son de cada fiesta patronal. Nos pasábamos los meses de julio, agosto y parte de septiembre, por los prados asturianos, de romería en romería. Sin embargo ella apenas se movía. Se quedaba impasible escuchando la música con una sonrisa dibujada en su rostro. Tan sólo en muy contadas ocasiones creí percibir un ligero movimiento pélvico apenas perceptible, que ella achacaba a su periodo y a las hormonas que en esos días parecen estar más descontroladas.

            Un día la acompañé al centro de transfusión del hospital. Era la primera vez que iba a donar sangre y quería que fuese con ella por si se mareaba. Tras la extracción, la enfermera colocó la bolsa en una bandeja. En la radio sonaba un hit del momento. Entonces ocurrió: La bolsa comenzó a saltar levemente siguiendo el compás de la música como si estuviese bailando. Ahí comprendí lo que siempre me decía cuando le preguntaba por qué quería ir a las fiestas si nunca se lanzaba a la pista:

“Llevo el ritmo en la sangre, pero tengo las venas demasiado gruesas”

miércoles, 6 de julio de 2016

Cancelación


Maridaje musical: "Wrapped around your finger" (Police) enalce youtube




En mis desayunos, a menudo tengo problemas para abrir el paquete de las galletas. Cada vez que toca estrenar una de las colecciones de galletas dispuestas en formación de hilera, abrazadas con un plástico aparentemente ligero y débil, se produce en mí una incertidumbre al tirar de la fina cinta de color rojo, cuyo recorrido perimetral contribuye a “descapullar” el paquete, dejando accesible el preciado contenido.
           
            Ese día la dichosa cinta salió limpiamente sin rasgar el plástico. Aunque traté de romperlo con uñas y dientes, fui incapaz. Afortunadamente mi mujer realizó la apertura con aparente facilidad, antes de salir de casa rumbo al trabajo. Yo me quedé en la cocina, sentado, desayunando, aún medio dormido y con la radio puesta. Todo esto sólo habría sido una anécdota sin importancia, si no fuese por el hecho de que cuando me dispuse a meter la taza y el plato en el lavavajillas, también me fue imposible abrirlo. Coloqué los cacharros en el fregadero y al intentar abrir el grifo tampoco pude. Salí de la cocina con cierto desasosiego para comprobar que los grifos del baño también se me resistían. Tuve que hacer aguas menores en la bañera porque la tapa del inodoro se encontraba cerrada. Armarios, puertas, ventanas y todo aquello que no se ofrecía abiertamente, se encontraba cancelado para mí. No podía acceder al interior de la nevera, ni a la ropa, ni, por supuesto, salir de casa. Cuando traté de buscar información en “Google”, ni siquiera pude abrir el navegador. Las demás aplicaciones también me eran inaccesibles. Pensé en leer un libro, pero sólo tenía acceso a las portadas. A la vez que la acción de abrir desapareció de mis facultades, acabé por olvidar el término que la designa.

Mi mujer me encontró tumbado en el sofá, viendo la televisión. Había logrado encenderla pulsando el botón del mando a distancia.

¿No has ido hoy a trabajar? – me preguntó cuando me vio en pijama.

No, no me sentía bien – le respondí de forma distraída.

¿Cómo no me llamaste? – inquirió de nuevo.

Pues la verdad es que ni se me ocurrió – acerté a decir sin quitar la vista de la pantalla.


La realidad era que no teníamos teléfono fijo y no había podido abrir la funda del móvil para realizar la llamada.

No tenía hambre, o mejor dicho, no se me había abierto el apetito, de modo que me fui a la cama y me tumbé encima, al no poder retirar el edredón que la clausuraba. Instantes después me quedé dormido.

Supongo que tuve uno de mis momentos de apnea debidos a mi exceso de peso y desperté. Sin embargo me fue absolutamente imposible abrir los ojos. Tampoco podía gritar, por razones obvias, dada mi extraordinaria afección. Mis pulmones no eran capaces de llenarse de aire y no había forma de respirar. Cerré los puños para no volver a abrirlos y me resigné a morir, si es que no lo había hecho ya sin ser consciente de ello.

Me incorporé gritando y con los ojos desorbitados. Mi mujer me acariciaba, tratando de tranquilizarme.

Cálmate cariño; has tenido una pesadilla – me susurró dulcemente al oído.

Yo respiraba profunda y rápidamente. Estaba muy fatigado y asustado. Me dirigí al baño y sin prestar atención abrí el grifo para refrescarme la cara. Mientras orinaba reparé en que todo había vuelto a su cauce y dejé escapar una leve sonrisa. Como un poseso empecé a abrir cuantas puertas y ventanas encontraba a mi paso. Cada vez que lograba una nueva apertura, emitía un grito de júbilo, como si un nuevo trofeo engrosase mi palmarés personal. Mi mujer no entendía nada. Debió pensar que aún continuaba dormido, afectado de sonambulismo. Finalmente se acercó a mí para abrazarme con fuerza, presa del pánico. Fui  yo quien la tranquilizó en esta ocasión.

Ya pasó, amor mío. Supongo que aún estaba bajo los efectos del sueño – le mentí.

Nunca se lo expliqué. Tras ese episodio onírico no soy el mismo. Ahora tengo mayor capacidad de diálogo; no me gusta cerrar puertas; me he vuelto más aventurero; asumo más riesgos y tengo una personalidad mucho más abierta. Jamás había reflexionado sobre la cantidad de acciones que involucra el término “abrir”, ni sobre las funestas consecuencias derivadas de su supresión.

Hasta varias semanas después de aquel mal sueño, cada vez que iba a ejecutar una de esas acciones, experimentaba un mínimo instante de temor y duda. Un minúsculo titubeo apenas perceptible. Hoy todo ha vuelto a la normalidad, exceptuando un pequeño detalle: Sólo desayuno galletas si no es necesario abrir el paquete o se encuentra presente alguien dispuesto a hacerlo por mí.

viernes, 1 de julio de 2016

Ajuste de cuentas

Maridaje musical: "Entre dos aguas" (Paco de Lucía) enlace youtube




La solapa del sobre emitió un ronroneo mientras la despegaba acariciándola con sus delicadas manos de dedos finos, culminados por capiteles en forma de uñas en las que se hacía presente una perfecta manicura francesa. A su lado, apoyado en la cama, reposaba un ramo de rosas rojas. La carta no era la típica tarjeta de felicitación que suele acompañar este tipo de presentes florales, sino que se antojaba bastante más extensa. El remitente resultaba tan conocido como querido, pues no en vano había sido una pieza esencial en el nuevo giro que había dado su vida. Ella, por su parte, también había aportado su contribución en la formación médica de su salvador. En algún momento consideró ese aporte formativo como una especie de inversión, cuyos réditos acababa de obtener tras la intervención quirúrgica a la que había sido sometida.

            Conforme desdoblaba la hoja manuscrita, una nueva mirada a las rosas dibujó en su cara una tierna sonrisa mezcla de admiración y orgullo.


1 de Julio de 2016

Querida Sara,

       Tras varias semanas desde que te comuniqué el alta médica, he decidido enviarte este ramo de rosas como despedida y petición de que no trates de ponerte en contacto conmigo nunca más. Quizá te sorprenda esta brusquedad, pero en cuanto termines de leer estas líneas, entenderás que todo este proceso ha sido para mí una prueba tan dura como la que tú misma has pasado, aunque con una notable diferencia: tu completa ignorancia sobre la información que yo custodiaba con enorme esfuerzo y de la que hoy te hago partícipe.

       Supongo que el nombre de Rodrigo Salazar te trae recuerdos amargos no demasiado lejanos. Discúlpame por sacarlo así, a traición, pero lo considero absolutamente necesario. La versión “oficial” fue que te agredió y violó. Conseguiste que pagase por ello, no sólo siendo expulsado de la Facultad de Medicina cuando cursaba el último curso, sino ingresando también en prisión por tan abominable acto. Entiendo que en aquella época consideraste que había arruinado tu vida, mas no mediante la acción por la que fue condenado, sino por una chiquillada urdida por un par de colegas de la facultad; una broma, admito que pesada, hacia una profesora joven, de muy buen ver, de la que creían estar enamorados. Sí, recalco lo de un par de colegas. Porque aquella carta de amor describiendo fantasías sexuales que introdujimos en tu bolso, la escribimos entre Rodrigo y yo, aunque fuese su letra la que descansaba sobre el papel. El azar fue el juez condenatorio de Rodrigo al elegirlo como escriba. Obviamente nos equivocamos y no fuimos capaces de medir las consecuencias que se derivaron de aquella acción. Encendimos una mecha que detonó un barreno no calculado. Quién podía prever que tu prometido encontrase la carta antes que tú y que sus desmesurados celos le impidiesen creerte, quebrando vuestra relación. Si hubiésemos sabido eso a tiempo… Pero tu afán de venganza ocultó esos hechos y cuando yo lo supe era demasiado tarde. Rodrigo había dado con sus huesos en la cárcel por un delito demostrado aunque no cometido. No te costó demasiado averiguar al autor de la misiva. Él tenía una caligrafía muy característica. Eso y la cantidad de exámenes nuestros en tu poder fue suficiente para hacer la identificación.

Lo que vino después quedó entre Rodrigo y tú. Una cita de una profesora a un alumno enamorado; una relación sexual consentida y unas lesiones auto infringidas, constituyeron el maquiavélico plan que aportó pruebas condenatorias irrefutables. No me cabe duda de que tu corazón ya estaba enfermo por aquella época.

En cualquier caso yo soy tan culpable como tú, por no haber podido desmontarlo todo. Cuando Rodrigo me habló de su cita contigo, pensé en lo afortunado que había sido al escribir él la carta. Incluso sentí envidia. ¡Qué iluso! Después, ya era demasiado tarde y nadie hubiese creído a un chico desesperado, capaz de hacer cualquier cosa por salvar de la cárcel a un amigo. No encontré solución y me dejé convencer.

“Ya es demasiado tarde. No puedes salvarme. Sólo conseguirás que te echen de la facultad a ti también” – me decía ante mis intenciones de contarlo todo.

El paso de Rodrigo por la cárcel lo cambió. Su vida era la medicina. Sin embargo jamás te guardó rencor. Constantemente decía que en realidad sí era culpable. Procuró mantenerse alejado de ti y siempre fue un férreo freno ante mis deseos de venganza. Estoy convencido de que terminé la carrera gracias a él, pues parecía revivirla en mi persona. Estudiaba por su cuenta y me obligaba a entregarle los enunciados de los exámenes para resolverlos. Se convirtió en un médico mejor que yo, pero desprovisto de título alguno.

Hace unos meses, una vez más, me dejé convencer por él cuando acudiste a mí con tu dolencia. Imagínate mi encrucijada. Tratar a la persona que más odiaba en este mundo. Intentar salvarle la vida a quien había destrozado la de mi mejor amigo. Me negué en redondo, deseando tu muerte. Aclamando a una justicia divina que por fin iba a darte tu merecido. Sin embargo, Rodrigo estaba de tu parte y me amenazó con retirarme su amistad si no te ayudaba. Aún se sentía responsable. No lo podía creer. El resto ya lo conoces. Muy a mi pesar, hice todo cuanto estaba en mis manos para que te recuperases y aquí estás, completamente restablecida. No me lo agradezcas a mí.

El momento de la intervención fue el peor de mi existencia. Solo unas horas antes me comunicaron el fallecimiento de Rodrigo. La nota que me dejó escrita supone un ajuste de cuentas contigo. Cumplí, una vez más con sus deseos e hice mi trabajo. Ya nada me obliga hacia a ti y por eso me despido para siempre.

Lo único agradable que puedo decirte es que ahora sí tienes un gran corazón.


Dr. Claudio Suárez Calvo

domingo, 19 de junio de 2016

Término


Maridaje musical: "Hugh" (Nightnoise) Enlace youtube





Me perdí en ese momento en el que la palabra surgió de su boca. Hasta entonces había permanecido muy atento a su intervención, comprendiendo todos los detalles sin que nada se me escapase, pero esa palabra me desconectó de la realidad. Fue como si un gran anzuelo me hubiese enganchado el cerebro. Me quedé anclado a esa sucesión de fonemas que conformaban el vocablo. El tiempo se detuvo y no sé cómo me levanté de mi asiento, ni cómo volví a casa.

      Durante los siguientes veinticuatro meses me empapé de su verdadero significado; la analicé detenidamente desde todos los ángulos; fue mi auténtica obsesión. Puede decirse que me inundó de tal manera que se integró en mi cuerpo. En el proceso descubrí que nunca la había comprendido de verdad. Invertí muchas horas en su estudio y llegué a pensar que acabaría conmigo, pero finalmente la dominé y con ello mi reloj vital se puso de nuevo en hora. hoy estoy preparado para pronunciarla sin ningún temor. Seis inofensivas letras, dispuestas en formación de ataque, armadas con una tilde que se clava como un puñal envenenado: Cáncer.