sábado, 15 de noviembre de 2014

De pies a cabeza








Se puso su sombrero nuevo y salió. No veía el momento de enfundárselo, a pesar de que nunca le había hecho gracia esa prenda, pues la encontraba insulsa, obsoleta y carca. Pero cuando pasó ante el escaparate de la sombrerería y posó la vista en él, fue incapaz de reprimir el deseo de hacerlo suyo.

            Se mostró altivo durante el trayecto hacia la panadería. El sombrero lo convertía en una persona decidida. Notó cómo todo el mundo se fijaba en él y eso le llenó de orgullo. La chica que le despachó, se mantuvo con la boca abierta desde que entró hasta que se fue.

            Volvió a casa y se miró al espejo. Con una sonrisa de satisfacción se lo quitó y entonces reparó en que estaba completamente desnudo. Soltó una carcajada mientras pensaba que hay prendas que, solas, visten de la cabeza a los pies.

jueves, 13 de noviembre de 2014

Retorno funesto

Maridaje musical: Closing (Philip Glass) enlace youtube




Cuando hizo la incisión con el cuchillo se llevó una sorpresa. Nunca habría imaginado que dentro del calamar de tamaño medio que acababa de adquirir, hubiese otro más pequeño.

-          ¡Como las matrioskas rusas! – se dijo, dejando escapar una carcajada

A continuación procedió a eviscerar éste último para ver si la sucesión continuaba, pero comprobó que sólo tenía dos elementos. Parece ser que este tipo de moluscos  posee una enorme voracidad y con frecuencia se fagocitan entre sí, amén de otros objetos nada nutritivos que pueden colarse por su boca. Una limpieza exhaustiva antes de la preparación es aconsejable para no llevarse sorpresas de “mal gusto.”

Los chipirones encebollados constituían su plato favorito y también el de su marido. No los había encontrado en la pescadería y decidió comprar un calamar mayor para prepararlo de la misma forma.

Era sábado; un soleado sábado de abril y se sentía muy feliz. Su esposo se jubilaría en tan sólo un par de semanas y ya lo estaba celebrando cada día. A priori, este hecho no iba a cambiar demasiado su cotidianidad, pues Juan trabajaba en casa. Era gemólogo y tenía el taller en su propio domicilio. Llevaba más de cuarenta años engarzando joyas y había llegado el momento de clausurar el negocio. No tenían hijos, así que nadie continuaría con la tradición. Curiosamente lo que más echaría de menos sería la posibilidad de ver de cerca diamantes, zafiros, rubíes y demás piedras preciosas. A veces imaginaba que eran suyas y se enjoyaba de arriba abajo. Esto a Juan no le gustaba demasiado, pues siempre temía que pudiese ocurrir alguna desgracia.

- ¡Mira que eres exagerado eh! ¿Qué va a pasar aquí en casa, justo al lado de la caja fuerte? Además, ¿quién se va a enterar?

- ¡Yo qué sé Elisa! Ya sabes que el diablo nunca duerme – le contestaba él sonriendo.

En unos quince días aproximadamente, todas esas alhajas desaparecerían para siempre de su vida y  presumiblemente ninguna otra acudiría, ni siquiera de visita. 

De entre todo lo que Juan tenía pendiente antes de echar el cerrojo, destacaba un enorme diamante destinado a ser el deslumbrante protagonista de una sortija de oro blanco. Se trataba de una piedra del tamaño de un garbanzo. Elisa llevaba tiempo dándole vueltas en la cabeza a una idea que en un principio le pareció una locura. Tenía una amiga que siempre había querido ver de cerca, e incluso tocar, un diamante de los buenos. Hacía unos meses que le habían encontrado un quiste maligno en una mama y estaba ingresada en el hospital, convaleciente de la operación a la que le habían sometido para extirparle el tumor. Aprovechando que iría a visitarla, se le ocurrió que podría llevarle la piedra preciosa para que la viese. Seguro que le haría mucha ilusión. No podía pedirle permiso a Juan, pues ya conocía de antemano la respuesta. Quizá en otra situación no se hubiese atrevido a dar ese paso, pero teniendo en cuenta las circunstancias, no lo dudó mucho tiempo. Llevaría el pedrusco a buen recaudo en el bolso. No podía pasar nada. Además estaría muy poco tiempo fuera. Justo la duración del viaje en el pequeño ferry que separaba Fuerteventura de Lanzarote. Entre la ida, la visita y la vuelta, no pensaba invertir más de dos horas.

El martes, aprovechando que Juan había ido a entregar unos trabajos ya finalizados, realizó la maniobra. Todo estaba saliendo estupendamente. Clara, la amiga de Elisa, disfrutó muchísimo. En su estado, fue un inolvidable regalo que la emocionó sobremanera. En el viaje de vuelta, mientras recordaba la expresión de Clara reflejada en las caras del diamante maravillosamente tallado, como si de un caleidoscopio se tratarse, Elisa se convenció de que había merecido la pena asumir ese pequeño riesgo. 

En la cubierta del barco, apoyada en la barandilla, contemplaba con una sonrisa de oreja a oreja un estupendo atardecer que servía de marco a una estampa pesquera, en la que multitud de pequeños barcos faenaban a cierta distancia. Entonces se dispuso a llamar a Juan. Esperaba que aún no hubiese llegado a casa. Al sacar el móvil del fondo del bolso, el improvisado estuche de cartón en el que descansaba el diamante se enganchó en uno de los adornos de la manga de su chaqueta y saltó por el aire. Todo lo que ocurrió a continuación sucedió en cámara lenta. La cajita del brillante, preludio de un ataúd, giró varias veces en el aire; rebotó en la barandilla, se abrió y se precipitó por la borda  junto con su valioso contenido para ser ambos acogidos por un sosegado océano. Elisa  no pudo articular palabra. Se quedó petrificada y dejó caer el bolso, que impactó en la cubierta del barco sólo unos segundos antes de que lo hiciese su propietaria. 

Cuando despertó, se encontró tumbada en un improvisado lecho fabricado con sillas, rodeada de otros pasajeros que intentaban reanimarla. Tuvo la esperanza de que todo hubiese sido un sueño, pero la realidad se le reveló como la peor de las pesadillas. 

Estuvo deambulando durante horas antes de volver a casa. Pensó en quitarse de en medio, mas no tuvo valor. La angustia era tan grande que ni siquiera dejaba salir la pena al exterior. No podía llorar y se estaba ahogando por dentro. Llegó al  hogar bien entrada la noche.
- ¿Donde te habías metido? ¡Estaba muy preocupado! ¡Te he llamado innumerables veces! ¿Por qué tienes el móvil apagado? -  le dijo Juan cuando entró en casa.

- Fui a visitar a Clara y me entretuve – contestó de forma automática, para añadir a continuación

- No me siento bien. Me voy a acostar. ¿Puedes prepararte tú la cena? 

            Se metió en la cama como quien va a la silla eléctrica, esperando escuchar el grito de Juan en cualquier momento, a modo de descarga, cuando se dispusiese a buscar el diamante para realizar el engarce. Sin embargo nada ocurrió y finalmente sucumbió al sueño. Juan la despertó por la mañana temprano.

            - ¿Cómo te encuentras cariño? Ayer me preocupaste mucho cuando llegaste. ¿Estás mejor?

Elisa asintió con un rictus que pretendía ser una sonrisa, mientras Juan continuaba hablando.

- He aprovechado la noche para adelantar trabajo. Creo que en un par de días terminaré con todo lo que tengo pendiente. Podemos hacer un pequeño viaje para celebrarlo ¿Qué te parece?

Su esposa asintió una vez más con la mirada perdida.

- Debes estar incubando una gripe. Tienes los ojos vidriosos, como si tuvieses fiebre. Hoy tengo que hacer un par de entregas, pero si quieres me quedo para cuidarte.

- No… No. Sólo estoy algo amodorrada todavía. No te preocupes. Enseguida me pongo en marcha. Prepararé chipirones para comer. Llegarás con hambre después de toda la mañana de un lado para otro.

Juan depositó  un dulce beso en su mejilla y salió de casa. Elisa se sintió aliviada. Le costaba mirarle a la cara y le venía bien estar sola. Le atormentaba el hecho de que en un par de días su vida y la de su marido quedarían arruinadas. Pensó nuevamente en el suicidio, pero se le antojó demasiado cruel. Era como abandonar el barco y dejar a Juan completamente desvalido, lo que le parecía incluso peor que el asesinato. Fue en ese preciso instante cuando se le ocurrió la solución. Juan no podía saberlo nunca y ella no podría vivir sin él. Sí, se irían juntos de viaje un poco antes de lo planificado.

            Se vistió, se dirigió a la pescadería y compró una docena de  chipirones frescos.

-  Acaban de llegar ahora mismo directamente del mar – le dijo el pescadero mientras se los envolvía.

Elisa ni siquiera prestó atención a sus palabras y recogió la bolsa de plástico con el pescado para marcharse sin despedirse. Después hizo una pequeña parada en la droguería y adquirió el condimento principal del menú. Nada más llegar a casa se puso a preparar la comida. Se arrastraba literalmente debido al peso del remordimiento ante lo que se disponía a realizar. Algunos de los chipirones fueron directamente a la cazuela sin ser limpiados, sin que ella se percatase de ello. En esta ocasión añadió bastantes especias al guiso para enmascarar el sabor del matarratas, aunque desconocía si tendría algún sabor. Cuando llegó Juan, ya estaba todo dispuesto para comenzar a comer.

- ¡Qué bien!, has abierto una botella de vino y todo. ¿Qué celebramos?

- Bueno, cariño. Pues que  hayamos llegado hasta aquí juntos todos estos años – le contestó Elisa con los ojos inundados.

- ¿A qué viene esa cara? ¡Todavía nos quedan los mejores! – replicó Juan levantando la copa de vino, mientras Elisa servía la comida

            Brindaron por la nueva vida que afrontarían y comenzaron a comer. Elisa se apresuró a meterse un chipirón entero en la boca. Deseaba acabar cuanto antes. Cuando aplicó el primer mordisco al bocado sintió un “crack”, simultaneado con un dolor punzante en una muela.

            - ¡Vaya por dios! Creo que se me acaba de romper un diente. Ahora vuelvo – le dijo a su marido mientras se levantaba de la mesa  para dirigirse al baño.

            Una vez ante el espejo se dispuso a sacar el objeto que se mecía sobre su lengua. Lo cogió con sus dedos y al verlo se quedó atónita. No lo podía creer. Aquello distaba mucho de ser un molar. Milagrosamente tenía en sus manos el diamante perdido. Tardó unos segundos en comprender cómo había llegado hasta allí en el estómago de  un chipirón. Estaba absorta en este pensamiento cuando un ruido producido por las patas de una silla al arrastrarse, la devolvió a la realidad. Corrió de nuevo al salón sin apenas tocar el suelo para estrellarse con la imagen de Juan retorciéndose sobre el parquet; en plena agonía. 

Allí estaba Elisa, mostrando a su marido un enorme diamante que descansaba en la palma de la mano, con  una sonrisa congelada en su rostro, paralizada. Entretanto, Juan experimentaba los últimos estertores de su vida sin comprender absolutamente nada.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Crítica teatral

Maridaje musical: Moonlight Serenade (Glenn Miller)



Después de la función fui a verle a su camerino.

- ¿Cómo estuve? - me preguntó.

Yo le dije, con total sinceridad,

- Hoy actuaste de cine.

Entonces, se puso muy contento. Yo creo que no me entendió bien.

jueves, 11 de septiembre de 2014

Desmadejado








Mi corazón quedó enganchado en tus pupilas la primera vez que cruzamos nuestras miradas. Fue durante una emotiva conversación desprovista de fonemas. Noté el pinchazo muy claramente y traté de huir, creyendo que sería lo más sensato, convencido de que nuestro amor no era posible. Según me separaba sentía un cosquilleo en la parte izquierda de mi pecho, como una débil caricia aplicada con un diminuto dedo; apenas un ligero roce.  Me alejé aún con mayor rapidez, obsesionado por poner cada vez más distancia entre nosotros. Ayer, esa suave caricia se ha transformado en un enorme vacío. El corazón se me ha ido deshilachando durante el trayecto. Hoy estoy decidido a volver, siguiendo ese delicado filamento que me llevará de regreso a tus ojos. Sólo tú sabrás tejerlo de nuevo.

viernes, 18 de julio de 2014

Besiabrazo

Maridaje musical: "A dónde irán los besos" (Victor Manuel). Versión de Vaudí Cavalcanti



Ingresé en el vagón con el pitido que anunciaba la salida. Era una delicia viajar en metro a última hora, ya que no había problemas para encontrar asiento. Todos estaban disponibles para mí. Me acababa de despedir de Claudia, compañera del grupo de teatro, en uno de los cruces del laberinto subterráneo. Ella tenía que tomar otra línea que la condujese a su destino. Esa tarde el ensayo se había demorado más de lo inicialmente previsto. Cuando una escena se enreda, conviene deshacer el nudo mientras aún está fresco, pues en caso contrario podría hacerse más fuerte y, en consecuencia, más difícil de desatar. Pensé que sería el único ocupante, pero un hombre mayor tuvo tiempo de entrar tras de mí. Lo hizo con una agilidad impropia para una persona de su edad. Aun así, creo que no se libró de un pequeño golpe con el filo de la puerta.

No me agrada estar completamente sólo en un vagón de tren, pero aún es más desagradable tener una compañía unitaria y desconocida. La situación todavía se tornó más molesta y violenta cuando el hombre se sentó justo a mi lado, como si no hubiese plazas libres de sobra. Saqué mi teléfono móvil y me dispuse a disimular con el “whatsapp”, a pesar de que no había ningún tipo de cobertura. No dio resultado y antes de que cogiésemos velocidad me dijo:

-        Besiabrazo.

-        ¿Perdón? – le inquirí, pues no había entendido bien su aparente “saludo”.

-        ¡Besiabrazo! – repitió, elevando la intensidad.

-        Lo siento, no entiendo…

-        ¡Que tenías que haberle dado un besiabrazo!, chico.

-        Perdóneme, pero no sé a qué se refiere…

-        Al despedirte de ella, vi en tus ojos que deseabas dárselo.

-        ¿Qué es un besiabrazo? – pregunté, a pesar de que me hacía una idea de lo que quería decir.

-        ¿No lo sabes? Se trata de una palabra inventada por mí y no es más que una mezcla de los términos “beso” y “abrazo”. Cuando se intercambia con sinceridad entre dos personas que se tienen cariño, proporciona una de las sensaciones más agradables que se pueden experimentar. He visto mucha complicidad entre vosotros y estoy seguro de que deseabas darle uno. Espero que no te traiga consecuencias haberlo reprimido.

Todo aquello me estaba resultando harto incómodo, pero no tenía escapatoria. La posibilidad de cambiarme de sitio quedó descartada, ya que supondría una falta de educación. Al fin y al cabo, el viejo no tenía mala pinta; iba correctamente vestido y sólo trataba de ser amable. Además, había dado en el clavo. Escasamente diez minutos antes, me moría por darle un “besiabrazo” a  Claudia. Sin embargo no me atreví. No le encontré mucho sentido, pues nos veíamos casi a diario. Yo era de los que consideraba que esas cosas debían reservarse para las auténticas despedidas. Ésas que suponen una ausencia de al menos unas semanas. Regalarse tales muestras de afecto muy a menudo no me parecía procedente. Por eso aborté mi deseo de abrazar a Claudia. Utilicé estos argumentos con mi interlocutor y dije:

-        ¿Por qué iba a darle un “besiabrazo”, si voy a volver a encontrarme con ella mañana?

-    ¿Qué tiene eso que ver? Si tú lo deseabas deberías haberlo hecho – me contestó con una sonrisa.

-        Y ¿Qué hubiera pasado si lo hubiese rechazado? ¡Menuda vergüenza! - añadí

-        Nadie rechaza un besiabrazo cuando es sincero. Voy a hacerte una pregunta: ¿cuántos años me echas?

En una muestra de cortesía, desconté un lustro a la edad que aparentaba y respondí:

-        Sesenta y cinco.

Su inesperada carcajada me asustó.

-        ¿Tan deteriorado me ves? Tengo menos de cincuenta. Y ¿sabes cuál es la razón de mi aspecto? Un besiabrazo enquistado. Si quieres te cuento la historia.

Asentí con los ojos como platos y la boca abierta, mientras guardaba de nuevo el móvil, con el que había estado jugueteando durante la conversación. Acto seguido, el anciano prematuro comenzó con su relato.

-        Elisa era una compañera de la Facultad con la que tenía una relación de amistad muy cercana. Nos sentábamos uno al lado del otro en el aula, estudiábamos juntos, hacíamos competiciones de preguntas antes de los exámenes… En fin, éramos amigos con mayúsculas. Nos veíamos todos los días y precisamente por esa razón tan sólo nos regalábamos besos y abrazos en momentos puntuales, generalmente  ante la partida o el retorno tras un periodo vacacional o un puente de larga duración. Un buen día, al despedirnos frente a la puerta de la biblioteca, sentí un enorme deseo de abrazarla y besarla; de darle un besiabrazo afectuoso, como lo llamábamos nosotros. Sin embargo no lo hice; no lo consideré oportuno. Me pasó como a ti hace unos instantes. Aquella noche sentí una pequeña opresión en la parte alta del pecho, como un flato o una burbuja interna. Al otro día Elisa no estaba a primera hora. “Se habrá dormido”- me dije. A media mañana el jefe de estudios irrumpió en la clase de Historia del Arte con la cara desencajada y nos comunicó que Elisa había fallecido. Un automóvil la atropelló muy cerca del portal de su domicilio. Ya te puedes imaginar el impacto que causó en mí la pérdida de mi amiga, pero esa no es la cuestión importante en esta historia. Aunque parezca imposible, la tristeza, por grande que sea, se acaba disolviendo. La vida ha de continuar y todos superamos tarde o temprano la muerte de un ser querido. Lo que no se me quitaba era esa opresión, sino que se hacía cada vez más molesta. Sentía el estómago encogido y me resultaba dificultoso comer. Llegué a pensar que tenía el esófago parcialmente obstruido. Acudí a especialistas de todo tipo, pero no supieron decir lo que me aquejaba. Todas las pruebas eran absolutamente negativas. Como no me sentía especialmente desanimado, descartaron que estuviese sufriendo un episodio depresivo. Al final, el diagnóstico fue: trastorno idiopático digestivo, que es como decir “no tenemos ni idea”.

Los síntomas iniciales lejos de desaparecer, se hacían más acusados y otros nuevos se sumaban. Comencé a sentirme cada vez más débil, a envejecer prematuramente y a dejar de sentir cariño. Cuando me disponía a abrazar a alguien, no era capaz de hacerlo o lo hacía de manera tan forzada que el resultado era peor. Eso me preocupó sobremanera y ante mi desconfianza en la medicina, frecuenté todo tipo de brujos y curanderos. La fortuna me llevó a la consulta de uno que descubrió la causa de todos mis males. Aún recuerdo la pregunta que me hizo en la primera entrevista: “¿Ha reprimido usted algún beso o abrazo hacia alguna persona querida?" La respuesta se dibujó en mi rostro. Me comunicó entonces que lo que me aquejaba era una obstrucción afectiva. La solución pasaba por entregar a su destinatario ese abrazo pendiente que impedía la salida de cualquier tipo de muestra de estima. Ante la imposibilidad de tal acción, mi suerte estaba echada. Lo único que él podía hacer era retardar el proceso lo más posible. Me contó que me iría marchitando poco a poco, de dentro afuera; que comenzarían a aparecer pequeñas manchas en el interior de mi corazón a modo de diminutas llagas. En el momento en el que tuviesen cierto tamaño me llegaría el triste final. Desde entonces acudo una vez por semana a su consulta para someterme a un proceso de hipnosis que me transporta a momentos compartidos con Elisa. Revivir los besiabrazos intercambiados con ella consigue engañar durante unos días a mi cuerpo, en los cuales mi deterioro se detiene. Pasado ese periodo, todo continúa su curso.

Han pasado ya casi veintisiete años desde aquél instante en la puerta de la biblioteca y te garantizo que no ha habido una sola jornada en la que no me haya arrepentido por haber frustrado la entrega de ese gesto de afecto. Llevo dentro de mí un besiabrazo para un destinatario que ya no puede recibirlo. Un besiabrazo que me ha obstruido el corazón y que terminará por convertirlo en una gran ciruela pasa. No creas que estoy triste por ello. Asumo mi destino con ánimo. Veo cada semana a Elisa, aunque sea bajo los efectos de la hipnosis y le doy virtualmente, una y otra vez, ese besiabrazo pendiente.

El final del trayecto de la línea nos devolvió a la realidad. Mi parada había quedado atrás hacía mucho tiempo y la suya… Supongo que él no tenía una parada de destino. En el andén nos despedimos. Le di un abrazo al que no pudo corresponder y salí corriendo.

Atravesé la ciudad y una hora más tarde me encontraba ante la puerta de la casa de Claudia. Me abrió ella misma y sin mediar palabra me lancé a abrazarla con todas mis fuerzas, a la vez que le daba un sonoro beso en la mejilla. Ella hizo exactamente lo mismo, como si lo estuviese esperando. Estuvimos así, fundidos, más de un minuto. Después, sin decirnos nada, nos separamos. Yo di media vuelta y ella cerró la puerta. Pude sentir perfectamente su sonrisa al otro lado y estoy seguro de que también ella percibió la mía.


Desde aquella conversación en el metro no escatimo cariño con nadie. Reparto todos los besiabrazos que puedo, sin reprimir ninguno y jamás me he sentido rechazado. Si te tuviese delante también te daría uno a ti, pues por el hecho de emplear tu tiempo en esta lectura ya cuentas con mi afecto. No te olvides de recogerlo  cuando nos encontremos.

jueves, 26 de junio de 2014

Forzada faena

Maridaje musical: "Una canción para la Magdalena" (Joaquín Sabina) Enlace youtube




¡Otro paseíllo más!, pensó mientras se calzaba los ajustados pantalones. Sabía que no sería el último, muy a su pesar. Aún le quedaban muchas “faenas” por delante y un montón de plazas que visitar una y otra vez: Sevilla, Madrid, Barcelona, Bilbao... Las grandes capitales eran las peores. En los pequeños pueblos aún podía esconderse un poco, pero en las ciudades importantes había que emplearse a fondo, pues la exigencia era mucho mayor. 

                Aunque odiaba su actividad, tenía una gran reputación y una profesionalidad fuera de toda duda. Cuando estaba en cartel, la afluencia era masiva y se hacían grandes cajas. Las críticas por no arrimarse demasiado eran absolutamente falsas, levantadas desde dentro, fruto de la envidia. No tenía ningún miedo a los revolcones; es más, se diría que los buscaba con ahínco desde el primer instante.

                Ya faltaba poco para “saltar a la arena”. Siempre que salía al ruedo se le humedecían los ojos. Las primeras veces lloró como un bebé, pero ahora sabía contenerse. Sentía cómo se posaban sobre su cuerpo todas las miradas. Era un objeto de deseo y eso, lejos de producirle satisfacción, le repugnaba. 

                Se puso la luminosa chaquetilla salpicada de abalorios; contempló la virgen que tenía sobre la mesa y le lanzó un beso con una petición anudada. La misma de siempre. Después se dispuso para recibir una embestida tras otra con la mirada perdida en el tendido; maldiciendo el día en el que abandonó su país buscando un futuro mejor. Soportaría las “cornadas” en su cuerpo otra noche más. Soñaba con “cortarse la coleta” y volver a casa con los suyos. La obligación de satisfacer una inexplicable y creciente deuda, contraída con su “apoderado”, era su cadena perpetua. Quizá a ella, con los años, le concederían el indulto.