martes, 31 de marzo de 2015

Desfase

Maridaje musical: Twin Peaks Theme (Angelo Badalamendi)


Su inmovilidad contrastaba con la hiperactividad mental que experimentaba, en su intento de buscar una solución desesperada que volviese a sincronizarlo con el mundo. Allí, sentado en la parte delantera del automóvil, como copiloto estático, aplicaba toda su fuerza psíquica en tratar de defecar. Todas sus esperanzas de abandonar la situación en la que se encontraba desde hacía unas semanas, dependían de una buena cagada a destiempo. Traer una mierda bien olorosa podía suponer el salvoconducto para salir de otra mierda de vida.

            Un par de meses atrás, había comenzado el proceso sin que apenas fuese consciente de ello. En aquellos momentos lo consideró una simple anécdota. Volvía a casa tras una agotadora jornada, pensando en toda la labor que aún le quedaba por delante. Eso le impidió darse cuenta de que el coche que le precedía se detenía en un paso de cebra. No obstante, haciendo alarde de unos estupendos reflejos, clavó el pedal del freno con una velocidad casi predictiva y a punto estuvo de evitar la colisión. El golpe fue  leve y sólo le retrasó unos minutos mientras ambos conductores rellenaban los correspondientes partes de accidente. Sin embargo, cuando subía a su domicilio en el ascensor, cayó en la cuenta de que había creído percibir el sonido del impacto con anterioridad a la llegada del mismo. Fue algo tan sutil que se convenció de que eran imaginaciones suyas. Aquella noche se acostó sin cenar, pues el dolor de cabeza, que achacó al cansancio acumulado, siempre le quitaba las ganas de comer.

            Se despertó tarde. Los sábados siempre se quedaba un poco más en la cama para ir reduciendo el déficit de sueño que acumulaba durante la semana. Trató de levantarse y sus músculos no respondieron. Se asustó sobremanera y quiso llamar a su esposa, que seguramente estaría ya desayunando en la cocina, pero fue incapaz de emitir sonido alguno. Ni siquiera pudo separar los labios. El pánico le invadió, aunque externamente daba un aspecto de máxima quietud. Era un vegetal pensante. El hecho de que su inmovilidad se debiese al pequeño accidente de la noche anterior le parecía imposible. Escuchó el sonido de la puerta de su habitación al abrirse, tras el cual apareció Clara, su mujer, que con una blanca sonrisa se dirigía cariñosamente a él:

- Hoy se te han pegado las sábanas ¿eh cariño?

            No pudo responderle y se limitó a mirarla inexpresivamente, mientras gritaba por dentro sin lograr hacerse oír. Ella notó rápidamente que algo raro ocurría y al cabo de un par de minutos ya estaba llamando, presa de la histeria, a una ambulancia. 

Le hicieron una resonancia de todo su cuerpo y no hallaron ninguna anormalidad a la que achacarle los evidentes síntomas que poseía. Su familia no tardó en acumularse alrededor de su cama sin ocultar su sorpresa y desesperación. La única explicación posible era que el choque le hubiese producido una lesión medular aún no detectada. De todas formas, otro síntoma sólo conocido por él, confirmaba que lo percibido en el ascensor el día anterior había sido real. Tenía un desfase entre sonido y suceso, parecido al que se producía ocasionalmente en las películas que descargaba en su ordenador para visionarlas posteriormente. Eran apenas un par de segundos, pero le resultaba enormemente molesto escuchar lo que le decían, un instante antes de que los labios dibujasen la silueta de los fonemas emitidos, u oír el sonido producido por  un impacto, previamente a que el objeto responsable cayese al suelo. Parecía que su cuerpo había iniciado un viaje temporal parcial. Como si acústicamente hubiese dado un salto hacia adelante, mientras que el resto de sus sentidos se quedaban anclados en el presente. Obviamente, no encontró forma de comunicar esta situación y al cabo de unos días, se resignó y la asumió como irreversible.

Un par de semanas después le dieron el alta y lo trasladaron a una residencia que disponía de todos los adelantos para una persona en su estado. Su familia se turnaba para hacerle compañía. Le hablaban, contándole todo tipo de cosas de actualidad; le leían revistas y libros; le encendían la televisión y la radio, convencidos de que había actividad vital en mente y sentidos, a pesar de su aparente estado vegetativo. Él lo agradecía enormemente y se emocionaba sin poder manifestarlo al exterior. Clara pasaba todas las noches junto a él, en  una cama contigua habilitada al efecto.

            El desfase que sufría iba aumentando paulatinamente y en pocos días pasó a contabilizarse en minutos. Se le hacía casi insoportable visualizar conversaciones y actividades cuya banda sonora había pasado casi una hora antes. Aún peor era observar dichos sucesos mientras nuevos sonidos ingresaban en su cerebro, pertenecientes a hechos por ocurrir. A ratos, jugaba a tratar de adivinar el futuro atendiendo a su sonoridad, pero los momentos de desesperación eran cada vez más extensos. Sólo se sentía sincronizado cuando escuchaba la radio, pues podía imaginarse en el presente de cuerpo entero, sobre todo si se encontraba sólo o cerraba los ojos. 

- Si se tratase de una película, podría darle un poco hacia adelante o hacia atrás para que todo encajase de nuevo -  se dijo imaginándose con una media sonrisa.

            Entonces cayó en la cuenta de que eso no era ninguna tontería. Disponía de más de una hora para reaccionar y cambiar el futuro augurado por el sonido previo. Sólo necesitaba detectar un ruido cuya imagen asociada fuese inconfundible, como podía ser la caída de un vaso. A continuación su misión sería evitar dicha caída y ver qué ocurría después. Quizá eso sirviese para que todo se pusiese de nuevo a cero. El problema era que en su situación no veía forma de evitar nada. Lo único que podía hacer era contemplar cómo discurría su asíncrona vida.

            Aquel día lo habían vestido con ropa de calle. Viajaría con Clara a Sevilla, donde le recibiría su familia. Pasarían allí los cuatro días de Semana Santa y regresarían el lunes a la residencia. Su mujer no se resignaba a tratarlo como una planta y luchaba para que tuviese una existencia lo más agradable posible. En los últimos tiempos, había podido comprobar, emocionado, el amor que ella le profesaba. Lo que escuchó mientras lo introducían en el coche le infundió pánico. En primer lugar se oyó un enorme frenazo acompañado de un grito de su esposa. Después, un gran impacto seguido de otros menos fuertes, que asoció a un automóvil dando vueltas de campana. Intentos de arrancar puertas; personas que se apremian para actuar con prontitud; sirenas, crepitar de llamas,… Finalmente alguien dijo:

-  ¡Rápido! ¡Tenemos muy poco tiempo!

            No escuchó nada más. Fue como si se hubiese vuelto completamente sordo. Su esposa, desde el puesto de conducción, le miraba de cuando en cuando, le sonreía y le hablaba. Por supuesto lo que le decía ya lo había procesado su cerebro hacía hora y media aproximadamente. En estos momentos debería de estar oyendo sonidos futuros. ¿Cuál era la razón de ese silencio sepulcral? La respuesta se la dio la última palabra de esa pregunta. ¡Claro! El accidente había supuesto el fin. Su muerte y quizá la de Clara. De esto último no tenía constancia. No podía hacer absolutamente nada para evitarlo. Sabía perfectamente que ese viaje le llevaría a la tumba. Al fin y al cabo, sería una liberación para la mierda de vida que le esperaba. Entonces, una vez más una palabra le dio la clave.

- ¡Mierda! Sí, ¡mierda! ¡Eso es! Debo cagarme aquí mismo. Tengo aproximadamente sesenta minutos para echar una buena cagada.

Así pues, se concentró en sus tripas y esfínteres. Imaginó con la mayor fuerza mental que pudo cómo sus excrementos se dirigían hacia su ano. Visualizó una buena cantidad de defecación en el pañal que llevaba puesto. Finalmente, cuando apenas restaban cinco minutos para la fatal colisión, el habitáculo se impregnó de un olor insoportable. Así que Clara no tuvo más remedio que parar en un área de servicio para limpiarle. Lo hizo en el propio coche. Lo que ocurrió a continuación fue considerado por todos como un auténtico milagro. No sólo recuperó el sonido, en perfecta concordancia con la imagen, sino que comenzó a sentir cómo la movilidad regresaba a sus debilitados músculos. Lloró como nunca lo había hecho, mientras Clara le abrazaba, también entre sollozos. 

Poco a poco fue recuperándose hasta que su motricidad alcanzó la normalidad. Los médicos no pudieron explicar su restablecimiento, como tampoco habían podido explicar las causas del mal. Él nunca dijo nada, pues no le encontró sentido. ¿Quién le iba a creer? Se limitó a vivir intensamente su amor por Clara y a disfrutar de todo lo que la vida le regalaba a diario. Se volvió hiperactivo, como si quisiese compensar su periodo estático. Practicaba todo el deporte que podía. El tenis le apasionaba. En su último partido se había sentido especialmente ágil. Era la final del torneo anual que organizaba el Club al que pertenecía y no le estaba dando ninguna opción al rival, pues llegaba a todas las bolas por muy esquinadas que fuesen. El primer punto de partido era cuestión de tiempo. No lo desaprovechó y con una inusitada rapidez reaccionó para impactar con las cuerdas de la raqueta en la pelota. La victoria cayó de su lado. Mientras recogía el trofeo repasó ese último golpe. En esta ocasión habría jurado que primero vio el contacto con la bola y, como un par de segundos después, escuchó el sonido correspondiente.