miércoles, 8 de julio de 2015

Recuerdos

Maridaje musical: "Tango para mi padre y marialuna (Ashram) enlace youtube



Se había convertido en un fanático de los recuerdos. Sólo era un niño cuando se convenció de que recordar podía ser lo más parecido a revivir momentos extraordinarios. De modo que cuando comenzaba a aburrirse, se esforzaba por repasar en su cabeza cualquier pasaje divertido, reciente o no, con el objetivo de volver a experimentar las mismas sensaciones disfrutadas en la pretérita vivencia. De esa guisa podía pasarse horas en su habitación. Al principio era como visionar una película proyectada en su cabeza; una sucesión de imágenes que le provocaban sonrisas, carcajadas y algunas veces llantos nostálgicos. Esas lágrimas le demostraban que los recuerdos eran simplemente copias imperfectas, a mucha distancia del modelo original que los había generado. La nostalgia aparece cuando el corazón demanda las emociones que acompañan a las imágenes almacenadas en la memoria. Había leído en una ocasión que el significado etimológico de recordar es: “volver a pasar por el corazón”. Así pues, si tan sólo se utiliza el cerebro para grabar, no se podrá rememorar posteriormente lo guardado, con toda su intensidad y plenitud. Llegó a la conclusión de que para una perfecta reproducción era necesaria una exhaustiva grabación. Lograr sincronizar estas dos operaciones traería como consecuencia la posibilidad de revivir de manera idéntica cualquier situación y con ello la desaparición de la temida nostalgia. Se aplicó  en el ejercicio de conseguir que la actividad de recordar adquiriese en su cuerpo el significado etimológico exacto del término. Por esa razón, cuando quería conservar algún momento para volver a invocarlo cuantas veces se le antojara, ponía especial atención a todas y cada una de las sensaciones que percibía, cincelándolas con todos los sentidos, hasta el detalle más minúsculo.
           
            Después de años de entrenamiento alcanzó su objetivo y su consecución hizo que la añoranza desapareciera de su vida. En ocasiones se encerraba en su despacho y rememoraba con toda nitidez el episodio vital elegido, exactamente de la misma forma. El olor, gusto o tacto al saborear un exquisito plato; la emoción ante el nacimiento de su hijo; el placer de un beso o del contacto carnal, eran algunos de sus favoritos. Ya no necesitaba poner atención durante una vivencia original, pues su grabación íntegra se producía de manera involuntaria, archivándose para ser recreada a demanda. La pérdida de su esposa le hizo acudir con mayor frecuencia a su particular cofre de los recuerdos. Era una forma de mantenerla a su lado; de seguir sintiéndola como si aún estuviese presente. De hecho, sólo tenía que cerrar los ojos para que el resto de los sentidos la resucitara. Se convirtió en un adicto de sus propios recuerdos.

Sin embargo, un pequeño detalle no previsto a punto estuvo de costarle la vida y era el responsable de que estuviese en la unidad de cuidados intensivos, entubado y monitorizado, a la espera de su recuperación. Un par de días antes, había decidido recordar un emocionante momento de su juventud:

Debía de tener por aquel entonces unos veinticinco años, cuando, a causa de una apuesta formulada bajo los efectos del alcohol, se comprometió a lanzarse en paracaídas a pesar de que padecía vértigo. Él no era de los que se arredraban, así que al día siguiente cumplió, saltando desde poco más de mil metros de altura. Durante el descenso, sobre todo antes de tirar de la anilla que desplegó el paracaídas, pensó que el corazón se le saldría por la boca. Sin embargo, al sentirse seguro en el suelo, ya más calmado, llegó a la conclusión de que a pesar de todo, la experiencia había sido maravillosa.

            Durante todos estos años había evocado con frecuencia ese salto, percibiendo las mismas sensaciones una y otra vez. Pero el corazón de un joven en la plenitud de la vida no tiene el mismo aguante que el de un hombre de setenta años. Someter a este último a tal descarga de adrenalina fue demasiado. La mujer que cada día le hacía la limpieza de la casa se lo encontró tendido en la alfombra del salón. Tuvo mucha suerte de que la UVI móvil llegase a tiempo para volver a poner en marcha su ritmo cardiaco, sumido en un silencio que se presumía definitivo.

            Ahora se encontraba en plena recuperación. Su hijo le observaba con los ojos llorosos mientras le apretaba cariñosamente la mano. En el futuro debía racionar sus recuerdos y limitarse sólo a aquellos que pudiese soportar. La añoranza volvería a su vida. Una añoranza distinta a la del resto de los mortales, pues éstos la experimentan al recordar, y eso era precisamente lo que él tenía prohibido. Tendría que hacer un esfuerzo importante para clausurar los recuerdos peligrosos para su salud, llevando la mente a cualquier otro permitido, cuando uno de los dañinos comenzase a asaltarle de improviso.

Estaba convencido de que podría conseguirlo, cuando una pregunta le inundó la cabeza como una amenaza mortal: ¿Pueden aparecer recuerdos en los sueños?

viernes, 3 de julio de 2015

miércoles, 1 de julio de 2015

Redentora









Decía mi mejor amiga que mi vida era una borrasca continua, pero que siempre dispuse de un buen chubasquero para que el agua no me calase hasta los huesos. Muchos creían que no había tenido mucha suerte, que había tropezado demasiadas veces. Pero lo cierto es que todos los tropezones me han hecho dar un paso largo y avanzar. No sé quién dijo que cada patada supone un nuevo impulso. A mí me han dado muchas patadas… Así que he llegado mucho más lejos que la mayoría. De alguna forma, esos golpes del destino me han hecho fuerte. Me he levantado tantas veces, que ya no me dan ningún miedo los reveses que me pueda deparar el resto de mi vida. Mi abuela decía:

“Si todo se derrumba en tu vida, no permitas que los escombros sepulten tu alma, pues ella será el salvoconducto para empezar de nuevo.”

Soy distinta a todos. Tengo la suerte de ser una elegida. Me he pasado media vida aprendiendo, forjándome hasta convertirme en una especie de Superheroína, cuya misión es servir a los demás. Vivimos en un mundo que es una jaula. Lo que aquí llaman libertad no es más que colocar los barrotes lo suficientemente lejos para que no los veamos. Yo me ocupo de proporcionar la verdadera libertad.

La gente detesta el miedo; lo evita; ansía no tenerlo. A mí el miedo me ha ayudado en innumerables ocasiones. He tenido miedo muchas veces… Y lo seguiré teniendo. Lo importante es que él nunca me tenga a mí. Aquello que es temido, tiene los días contados.

            Mi aprendizaje comenzó muy pronto. Perdí a mi madre con apenas siete años y me quedé sola con mi padre. Su cariño fue bastante atípico para un progenitor. Lo más parecido a una caricia en el rostro que recibí de él, me la aplicó bruscamente con el dorso de la mano. Los besos que me dio surgían del fondo de una botella de whisky. Puedo decir que mi virginidad se quedó en la familia. De todos modos no le guardo rencor, porque era la forma que tenía de pedirme ayuda, aunque yo aún no estaba preparada para proporcionársela. No me dio tiempo y un buen día me lo encontré en el garaje de casa, balanceándose como un péndulo unido al techo mediante un cinturón de cuero, a modo de cordón umbilical conectado con la libertad. Me dio pena y ese día aprendí que la muerte nunca te separará de las personas a las que amas. Si acaso, será la vida la que lo haga.
            Pasé mi adolescencia en un orfanato, que me hizo añorar la vida con mi padre. Pero allí descubrí que lo importante es que los demás te crean poderoso. Lo fundamental es disponer de las mejores armas y hacérselo saber a los otros, porque de esa forma, no necesitarás gastar munición.

Con dieciocho años me vi en la calle, completamente sola y creedme si os digo que de alguna forma, eché de menos a mis carceleros del hospicio. Si no tienes a nadie dispuesto a buscarte cuando te pierdas, entonces estás perdida. Yo no lo tenía y me perdí. Encontré a  un chico que parecía muy agradable. Me fui a vivir con él y ese fue el inicio de la segunda fase de mi formación. Cuando me di cuenta, mi existencia dependía de una jeringuilla que puntualmente debía suministrarme mi dosis diaria de muerte. Tuve que prostituirme para conseguir pagarme ese tratamiento. Aquello no  fue más que una nueva purga en mi vida. Ahora sé que yo era como un radiador de esos que deben purgarse para llegar a proporcionar calor a los demás.

Gracias a una compañera y amiga salí de todo aquello y con ella descubrí que cuando crees que ya no puedes más… Todavía puedes creer; que quitar la gravedad a los problemas, hace que pesen mucho menos; que entre dos personas que se quieren no hacen falta muchos abrazos, sino que es suficiente con uno que se intercambie con frecuencia.

Hace apenas una semana supe que ya estaba preparada. Fue durante una excursión con mi amiga del alma. Hacía un día espléndido y subimos al risco más alto de la región. Al llegar nos sentimos en la auténtica cima del mundo. Mientras nos arrimábamos un poco más al borde del abismo, ella me dijo:

“Cuando estoy en este tipo de situaciones me asalta una necesidad casi irrefrenable de saltar al vacío; de atreverme a dar un pequeño paso más; un minúsculo avance y ya no hay marcha atrás…”

Después de todo lo que había hecho por mí, encontré la forma de corresponderle mientras aproximaba mi mano hacia su espalda. Fue un “accidente que le dio la auténtica libertad”.

Tengo apenas veinticinco años y ya es hora de comenzar a pagar con mis servicios todas las enseñanzas que me ha dado la sociedad. De corresponder al prójimo como se merece. De liberar al mundo de esa cárcel que llaman vida. Hoy mismo he hecho de nuevo una buena acción. Esta vez ha sido mi vecino. Se ha portado tan bien conmigo que no tuve más remedio que sacarle de su prisión.

Cuando abrió la puerta se sorprendió al verme. Apenas dibujó la sorpresa en el rostro, se la borré con una profunda cuchillada que le traspasó el cuello. La punta del arma colisionó contra sus vértebras cervicales y rebotó hacia atrás, escupiendo la hoja junto con un borbotón de sangre. Esa inercia me ayudó a sacar el cuchillo para volver a hundirlo una y otra vez en cara, pecho y abdomen. Parece fácil apuñalar a un hombre cuando se ve en las películas, pero la realidad es muy distinta. Llegar al corazón no es tan sencillo, pues la caja torácica impide que se pueda profundizar demasiado, sobre todo si no se atina con los espacios intercostales, cosa harto difícil para una principiante como yo. El abdomen resulta un lugar más acogedor para las armas blancas, así que me centré ahí hasta quedar completamente agotada. Aún no tengo mucha práctica, pero ya la iré cogiendo. Por fin me he dado cuenta de la razón de mi existencia. Continuaré sacrificándome por los demás y me quedaré en este mundo todo el tiempo que  pueda. Mientras tanto, ayudaré a bajarse de él a la mayor cantidad de gente que me permitan.

Me he tatuado el lema que habrá de guiar mis pasos:

“Cuando todo es locura, toda locura todo lo cura”