miércoles, 6 de julio de 2016

Cancelación


Maridaje musical: "Wrapped around your finger" (Police) enalce youtube




En mis desayunos, a menudo tengo problemas para abrir el paquete de las galletas. Cada vez que toca estrenar una de las colecciones de galletas dispuestas en formación de hilera, abrazadas con un plástico aparentemente ligero y débil, se produce en mí una incertidumbre al tirar de la fina cinta de color rojo, cuyo recorrido perimetral contribuye a “descapullar” el paquete, dejando accesible el preciado contenido.
           
            Ese día la dichosa cinta salió limpiamente sin rasgar el plástico. Aunque traté de romperlo con uñas y dientes, fui incapaz. Afortunadamente mi mujer realizó la apertura con aparente facilidad, antes de salir de casa rumbo al trabajo. Yo me quedé en la cocina, sentado, desayunando, aún medio dormido y con la radio puesta. Todo esto sólo habría sido una anécdota sin importancia, si no fuese por el hecho de que cuando me dispuse a meter la taza y el plato en el lavavajillas, también me fue imposible abrirlo. Coloqué los cacharros en el fregadero y al intentar abrir el grifo tampoco pude. Salí de la cocina con cierto desasosiego para comprobar que los grifos del baño también se me resistían. Tuve que hacer aguas menores en la bañera porque la tapa del inodoro se encontraba cerrada. Armarios, puertas, ventanas y todo aquello que no se ofrecía abiertamente, se encontraba cancelado para mí. No podía acceder al interior de la nevera, ni a la ropa, ni, por supuesto, salir de casa. Cuando traté de buscar información en “Google”, ni siquiera pude abrir el navegador. Las demás aplicaciones también me eran inaccesibles. Pensé en leer un libro, pero sólo tenía acceso a las portadas. A la vez que la acción de abrir desapareció de mis facultades, acabé por olvidar el término que la designa.

Mi mujer me encontró tumbado en el sofá, viendo la televisión. Había logrado encenderla pulsando el botón del mando a distancia.

¿No has ido hoy a trabajar? – me preguntó cuando me vio en pijama.

No, no me sentía bien – le respondí de forma distraída.

¿Cómo no me llamaste? – inquirió de nuevo.

Pues la verdad es que ni se me ocurrió – acerté a decir sin quitar la vista de la pantalla.


La realidad era que no teníamos teléfono fijo y no había podido abrir la funda del móvil para realizar la llamada.

No tenía hambre, o mejor dicho, no se me había abierto el apetito, de modo que me fui a la cama y me tumbé encima, al no poder retirar el edredón que la clausuraba. Instantes después me quedé dormido.

Supongo que tuve uno de mis momentos de apnea debidos a mi exceso de peso y desperté. Sin embargo me fue absolutamente imposible abrir los ojos. Tampoco podía gritar, por razones obvias, dada mi extraordinaria afección. Mis pulmones no eran capaces de llenarse de aire y no había forma de respirar. Cerré los puños para no volver a abrirlos y me resigné a morir, si es que no lo había hecho ya sin ser consciente de ello.

Me incorporé gritando y con los ojos desorbitados. Mi mujer me acariciaba, tratando de tranquilizarme.

Cálmate cariño; has tenido una pesadilla – me susurró dulcemente al oído.

Yo respiraba profunda y rápidamente. Estaba muy fatigado y asustado. Me dirigí al baño y sin prestar atención abrí el grifo para refrescarme la cara. Mientras orinaba reparé en que todo había vuelto a su cauce y dejé escapar una leve sonrisa. Como un poseso empecé a abrir cuantas puertas y ventanas encontraba a mi paso. Cada vez que lograba una nueva apertura, emitía un grito de júbilo, como si un nuevo trofeo engrosase mi palmarés personal. Mi mujer no entendía nada. Debió pensar que aún continuaba dormido, afectado de sonambulismo. Finalmente se acercó a mí para abrazarme con fuerza, presa del pánico. Fui  yo quien la tranquilizó en esta ocasión.

Ya pasó, amor mío. Supongo que aún estaba bajo los efectos del sueño – le mentí.

Nunca se lo expliqué. Tras ese episodio onírico no soy el mismo. Ahora tengo mayor capacidad de diálogo; no me gusta cerrar puertas; me he vuelto más aventurero; asumo más riesgos y tengo una personalidad mucho más abierta. Jamás había reflexionado sobre la cantidad de acciones que involucra el término “abrir”, ni sobre las funestas consecuencias derivadas de su supresión.

Hasta varias semanas después de aquel mal sueño, cada vez que iba a ejecutar una de esas acciones, experimentaba un mínimo instante de temor y duda. Un minúsculo titubeo apenas perceptible. Hoy todo ha vuelto a la normalidad, exceptuando un pequeño detalle: Sólo desayuno galletas si no es necesario abrir el paquete o se encuentra presente alguien dispuesto a hacerlo por mí.

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